Pidamos la misericordia que el Espíritu concede

Con las palabras de una conocidísima oración litúrgica pedimos a Dios, especialmente en este Adviento que hoy iniciamos y en el Año santo de la misericordia, que empezaremos el día 13 de diciembre, el don de reconocer y seguir las inspiraciones divinas del Espíritu Santo, Consuelo y Misericordia del Padre: «Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, las sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin» (Laudes semana I).


Entre todos tendremos que anunciar la misericordia, vivir la reconciliación, celebrar con renovado fervor el sacramento del perdón, y predicar las obras de misericordia corporales y espirituales. Por eso os propongo una renovada decisión a confiar todos en este Año, en todo y para todo, en la guía interior del Espíritu Santo, como en una especie de «dirección espiritual». Acoger sus inspiraciones es importante para todo cristiano, para quien se ponga en actitud de servicio en la Iglesia. De una «inspiración divina» valientemente acogida por el santo papa Juan XXIII nació el Concilio Vaticano II del que ahora el próximo día 8 de diciembre se cumplen los 50 años de su clausura, y nacieron en tiempos más cercanos al nuestro muchos gestos proféticos. Debemos dejarnos guiar por la misericordia que el Espíritu Santo hace nacer en nosotros, y sólo así podremos ser "misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso" (Lc 6,38).

Es esta necesidad de la guía del Espíritu Santo lo que inspiró las palabras del himno Veni Creator : «contigo como guía, evitaremos todo mal». Abandonémonos todos al Maestro interior que nos habla sin ruido de palabras. Como buenos actores, debemos tener el oído atento, en las grandes y en las pequeñas ocasiones, a las voces de este apuntador escondido, para recitar fielmente nuestra parte en la escena de la vida. Es más fácil de lo que se piensa, porque Él nos habla dentro, nos enseña cada cosa, nos instruye sobre todas las cosas. «En cuanto a vosotros -nos asegura Juan-, la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas, -y es verdadera y no mentirosa- según os enseñó, permaneced en Él» (1Jn 2,27). Sólo se precisa a veces una simple mirada interior, un movimiento del corazón, un instante de recogimiento y de oración. Confiémonos a la acción misericordiosa y poderosa del Espíritu. Dejemos que Él llene nuestro corazón y lo haga disponible para recibir el amor misericordioso del Padre, y seamos también nosotros llenos de misericordia hacia los hermanos y especialmente hacia los más necesitados.


El Adviento de la Misericordia, guiados por el Espíritu Santo Defensor y Consolador, será tiempo de espera y de esperanza, tiempo de confiar en el Señor que llega, tiempo para sembrar la buena semilla del Evangelio, tiempo para la conversión de corazón y para la ayuda solidaria, tiempo para fijarnos en la Virgen María, para imitarla, y acoger así a Cristo que viene a salvarnos, tiempo de gracia y de alegría plena.