Somos humildes trabajadores del Reino de Cristo

Recordando lo que decía el Papa Benedicto XVI al iniciar su ministerio petrino, "soy un simple y humilde trabajador de la viña del Señor", nosotros tenemos que ser unos humildes trabajadores del Reino de Cristo. En la fiesta de Cristo Rey del Universo, al final del año litúrgico, renovemos nuestro sí generoso a Jesucristo para que reine en nuestras vidas, un sí a su amor misericordioso e incondicional, que a la vez sea un sí a trabajar por el Reino de Dios que Cristo anuncia, por su proyecto divino, por su predicación. En el fondo toda la vida cristiana consiste en acoger el Reino de Dios y hacerlo fructificar, ya que hemos sido creados para "alabar, reverenciar y servir a Dios", dice S. Ignacio en el Principio y fundamento de los Ejercicios espirituales. Os propongo tres puntos para la contemplación de Cristo Rey, a modo de pensamientos que podemos llevar a la oración y al compromiso por el Reino de Dios.
Jesús nos defiende del miedo (Lc 20,19.24.36). Humildes sí, pero no gente atemorizada. El miedo paraliza, agranda los obstáculos, nos deja como muertos, incapaces de reaccionar, desanimados y sin fuerzas, inseguros y en la oscuridad... Y nos cuesta mucho perder el miedo... Seguramente el miedo es lo más contrario a la fe en Cristo Resucitado y glorioso, Rey del Universo. Somos desconfiados y pensamos que el mal podría vencer. Sin embargo cuando Cristo se aparece resucitado a sus amigos, siempre les dice "¡No tengais miedo! ... Yo he vencido al mundo". Él nos llama hoy para que, sin miedo, con paz, seamos libres, arriesguemos, nos sacrifiquemos, nos demos del todo, sin pasar cuentas de lo que nos deben o de lo que nos hemos sacrificado. Necesitamos la gracia de la alegría verdadera, que quita todo miedo y hace vivir en la confianza y la paz de Cristo Resucitado.
Jesús devuelve a los apóstoles la alegría y los hace pescadores de hombres (Jn 21,1-7). Si salimos a pescar "de noche", sin la luz del Señor, "no pescaremos nada", pero si confiamos en su Palabra, pescaremos muchos peces, le veremos, y haremos las mismas obras que hacía Jesucristo. Él devuelve la alegría a nuestros corazones, porque el Señor está vivo y el Padre lo ha resucitado, y porque la Iglesia da fruto, es siempre joven y está viva. Quizás encontraremos motivos de tristeza, pero hay que vencer la tristeza con la confianza, y el fruto será la alegría. La perfecta alegría va unida a la humildad, al servicio, al mantenimiento de nuestros compromisos de vida y de amor. Es durante la Pascua que resuenan de nuevo las palabras de Jesús: "Os haré pescadores de hombres", indicando que debemos ser apóstoles suyos, acompañantes de otros que nos esperan y nos necesitan, atrayentes hacia la vivencia de las Bienaventuranzas del Reino de Dios.
Jesús se queda con nosotros para siempre (Mt 28,16-20). "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Un día y otro, y otro... sin fin. Él no nos dejará nunca de su mano. Es la más grande de sus promesas. Jesús se hizo realmente hombre como nosotros y quiso quedarse entre nosotros por el don del Espíritu Santo que lo hace presente. Y si Dios está con nosotros, ¿qué temeremos? ¿Quién estará contra nosotros? Jesús se queda con nosotros por su Palabra, por la Eucaristía, por el hermano que nos lo hace cercano, por el pobre y desvalido con el que Jesús se identifica, y todo lo que le hacemos a una persona necesitada, se lo estamos haciendo a Jesús (Mt 25). Todo pasará, pero ¡Jesús no pasará nunca, el amor no pasará jamás!