El bautismo nos hace luz de Dios

En este domingo después de la Epifanía, terminando las fiestas de Navidad y Epifanía, la Madre Iglesia nos hace celebrar con alegría la fiesta del Bautismo del Señor. Es la culminación de todo lo que hemos vivido estos días, ya que escuchamos como el Espíritu de Dios baja y se posa sobre Jesús, y una voz misteriosa revela que: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,17).


Bajando a las aguas del río Jordán, en un lugar de la actual Jordania probablemente, Jesús santifica todas las aguas para que en la tierra entera sean la materia y el instrumento que dé la filiación divina a todos los que serán bautizados "en el agua y el Espíritu Santo", con la fe de la Iglesia. Toda la naturaleza se admira y canta complacida la bendición que el Hijo de Dios le concede, con su abajamiento. Descubrimos que el mundo es revelador de la presencia y el poder de Dios, "si se mira con tu paz dentro de nuestros ojos", como decía el poeta Joan Maragall en su espléndido "Cántico espiritual". Y también S. Francisco lo cantaba, maravillado, mostrando que todas las cosas creadas son como "hermanas" de la persona humana. No que la naturaleza sea divina pero sí es manifestación de la gloria de Dios y de su grandeza omnipotente, y camino hacia Él.


Al iniciar un nuevo año, debemos recordar con agradecimiento que los bautizados vivimos siempre en tiempo de gracia y de luz, porque Dios con su encarnación ha llenado todos los rincones de nuestra existencia con su presencia y su amor. Jesús bajando a las aguas del Jordán ha santificado las cosas y las ha hecho "manifestadoras" de su grandeza y de su poder. De alguna manera, todo es presencia suya. Así lo tenemos que poder vivir: naturaleza, acontecimientos históricos, personas, gente que nos rodea y cada uno de nosotros, somos realmente presencia de Dios que se ha hecho verdadero hombre en Jesús de Nazaret. Todo ha quedado restaurado. ¡"Todo es gracia"!, exclamaba Sta. Teresita del Niño Jesús

Hoy debemos dar gracias por nuestro bautismo que nos ha injertado y unido definitivamente a Cristo. Un bautismo que nos ha regalado la prenda de la vida eterna, porque nos ha dado un Padre, nos ha hechos semejantes a Jesús, nuestro hermano ya que somos hijos en el Hijo, y nos ha llenado del Espíritu Santo que nos da amor y vida, y nos hace miembros de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, enviados a testimoniar la fe con coraje. Ya "nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom 8,39).

La vocación cristiana que nos ha sido regalada en el día de nuestro bautismo debemos ir realizándola en el día a día del vivir cotidiano, a lo largo de todo el año y en cualquier circunstancia. "El Bautismo -dice el Papa Francisco- da fuerzas y con el Bautismo ¿te sientes un poco iluminado, iluminada, con la luz que viene de Cristo? ¿Eres un hombre o una mujer de luz? ¿O eres un hombre, una mujer oscuros, sin la luz de Jesús? Acoger la gracia del Bautismo, que es un regalo, es convertirse en luz, luz para todos". Ser luz es todo un programa de vida y de acción, de amor y de contemplación agradecida: ¡soy hijo de Dios! ¡Soy hijo de la luz! Llevo el nombre de la Santísima Trinidad inscrito en mi carne débil, y transmito el buen olor de Cristo allí donde yo voy. ¡Que seamos sal y que seamos luz durante todo este año y siempre!