San Pablo, fundamento de nuestra fe

La solemnidad de San Pedro y San Pablo que el lunes celebraremos cierra el año jubilar paulino con motivo de los dos mil años del nacimiento del apóstol de los gentiles. El Papa Benedicto XVI decía en la carta de noviembre 2008 dirigida al Cardenal Herranz, al nombrarlo "su Enviado especial" en la clausura del año jubilar de San Fructuoso de Tarragona: "Deseando confirmar en la fe al pueblo de este país, sembrada por San Pablo en los tiempos apostólicos..." Debemos manifestar nuestro agradecimiento por esta palabra papal sobre el hecho de que San Pablo sembró en Tárraco el Evangelio y este convencimiento es motivo de alegría para las Diócesis de Catalunya, que amamos a San Pablo, como "el apóstol de nuestro pueblo".

No dejemos pasar por alto su fiesta. Siempre debemos tener a Pedro y Pablo como hermanos mayores bien amados, conocidos e imitados, puesto que son los fundamentos de nuestra fe apostólica y católica. Así lo festejamos en la gozosa fiesta que los hermana en la entrega apostólica y en su glorioso martirio. Así mismo los presenta la iconografía, "abrazados" por una delicada y amorosa hermandad. Los sepulcros de los dos grandes apóstoles son el gran tesoro de la Iglesia de Roma, que preside todas las Iglesias en la caridad. Y el sucesor de Pedro, según la promesa de Cristo (Mt 16,17-19) es el Pastor universal de todo el pueblo de Dios y quien la une en una única comunión.

Pedro es sobre todo el garante de la "unidad" de la Iglesia universal. Como dice el Papa Benedicto XVI, él hace "que la Iglesia no se identifique con una sola nación, con una cultura o con un Estado. Que sea siempre la Iglesia de todos. Que reúna toda la humanidad más allá de cualquier frontera y, en medio de las divisiones de este mundo, haga presente la paz de Dios, la fuerza reconciliadora de su amor"

Pablo es el apóstol de los paganos, arraigado en un gran amor a Jesucristo. Siempre habla de Él, a quien sigue con radicalidad y a quien predica sin cesar, tanto si es oportuno como si no lo es. Pablo nos ayuda a descubrir que la Iglesia debe ser "católica", abierta y universal, misionera y atrayente para todas las culturas y personas.

Sus Cartas, que leemos con asiduidad durante todo el año litúrgico, explican un único gran tema: que la salvación viene de la muerte de Cristo, y no de nuestras obras. Podemos subrayar que la "salvación-gracia" es para Pablo el centro del Evangelio, la única manera correcta de entender la cruz y la resurrección de Jesús, y el criterio de la existencia nueva del creyente. Y desde este único principio desarrolla su teología y su espiritualidad, con las aplicaciones a las diversas situaciones que los cristianos tenemos que afrontar (cfr. B. Maggioni). La "salvación-gracia" cambia de raíz la manera de concebir la relación con Dios, que es una relación de acogida y de agradecimiento. También cambia las relaciones en el interior de la comunidad, donde conviene que reine el orden de la entrega recíproca y no tanto de la estricta justicia. Y también modifica la relación de la Iglesia y el mundo, que debe ser una relación de servicio y no de autoglorificación.

Amemos la santidad de Pablo, intentemos profundizar y si podemos memorizar pasajes profundos de sus Cartas... Y sobre todo, imitemos su amistad ardiente con Jesucristo y su entrega a la misión de hacerlo conocer y amar.